Hará uno o dos días me tropecé en Twitter con un tuit que decía algo así como ''echar la culpa de la incultura al dinero y al entorno social. En 2016.''. El tuit formaba parte de un hilo en el que se hablaba de canis y chonis y de la aparente opresión que estos grupos sociales sufrían.
Era difícil no torcer el gesto ante el pestilente clasismo que destilaban tanto su autora como una seguidora suya, que afirmaba sin ningún tipo de pudor que ''Les quitaría el derecho al voto, los esterilizaría y les dejaría sin carnet. ¿Tú has visto A 3 METROS SOBRE EL CIELO?''. Ni el mismísimo Hitler y su programa de eugenesia, oiga.
Pero esto me llevó a la cuestión con la que inauguro este blog. ¿Influye en algo el entorno social y la renta a la hora de acceder a la cultura? La respuesta es concisa: sí, mucho.
La cultura es algo que se nos inculca cuando somos pequeños, es algo con lo que nos familiarizamos. Desde pequeños vemos películas y series de TV, leemos libros, escuchamos música, acudimos a museos y obras de teatro. Para apreciar la cultura y para interesarse por ella, por tanto, es necesario que contactemos con ella; cuanto más pronto, mejor. No será ninguna rareza el que a vosotros, como asiduos devoradores de libros, os hayan criado en hogares llenos de libros o en hogares donde se visitan las bibliotecas públicas día sí y día también. No será ninguna rareza que vosotros, como fervientes consumidores de películas, acumuléis, quizá en el trastero, quizá en una bonita estantería, ingentes cantidades de cintas de vídeo o DVDs o recordéis con añoranza las tardes de viernes yendo al videoclub; especialmente si os habéis criado en los 90, cuando la descarga de contenidos de Internet no era la tónica general. Habéis crecido comiendo, respirando y bebiendo cultura; habéis interiorizado la cultura como algo habitual en vuestra vida, habéis desarrollado un gusto a la cultura que se materializa en el consumo de diversos soportes.
Esto ocurre fundamentalmente en hogares mal llamados de clase media, con el poder adquisitivo suficiente como para permitirse cierto gasto en cultura. Pero ¿qué ocurre en los hogares más desfavorecidos? La respuesta es sencilla: esta interiorización no se produce. En los hogares más desfavorecidos de la clase obrera el limitado poder adquisitivo impidió que los que ahora con tanto desprecio alguna gente llama canis o chonis (porque la palabra se usa con desprecio independientemente de que haya habido una apropiación de la etiqueta en un sentido positivo por parte de ellos mismos) desarrollasen ese gusto por la cultura. De este modo la cultura nunca formó parte de su aprendizaje, nunca se les inculcó el gusto por la lectura, por ver películas, por acudir a museos o por ver una obra de teatro. En sus casas nunca hubo libros, ni películas, ni discos, ni padres y madres que les llevasen al cine, al videoclub, a la librería. Es gente que no ha crecido contactando con la cultura, que no ha interiorizado la cultura como piedra angular en sus vidas. Este tipo de personas son incultas (bajo nuestros estándares, por supuesto, nosotros mismos podemos ser tachados de ''incultos'' por otra gente más culta que nosotros) no por gusto, sino porque nunca tuvieron la oportunidad de acceder a la cultura en condiciones. Nunca tuvieron la oportunidad de comer, beber y respirar cultura como otros sí la tuvimos para decantarse por el consumo de una u otra cosa, y si no tienes oportunidad de disfrutar algo, ¿cómo quieres que ese algo pase a formar parte de tu vida?
Pero si bajamos un escalón más y nos atenemos a lo que popularmente asociamos con cani o choni siempre tendremos en mente el mismo esquema: gente vaga, que consume drogas, que comete delitos. Gente con la que, en principio, no queremos tener nada que ver, porque en realidad nosotros no somos así. Este germen, alimentado por los poderes fácticos, divide a la clase obrera. Tú eres de clase media, no te preocupes, trabaja duro y llegarás lejos, no como ellos, tú no eres como ellos, tenles asco, tenles miedo, tenles desdén. Tú no eres como ellos, tú vales más. Quizás este prejuicio, que puede dar para otra entrada de blog e incluso para un libro (preguntadle a Owen Jones) fue lo que llevó a estas dos usuarias de Twitter a emitir semejantes epítetos. Ese devastador clasismo que arrasa con nuestra conciencia de clase, que nos hace deshumanizar al vecino, que nos hace creernos superiores a él, que nos hace no querer tener nada que ver con él, aunque en el fondo nosotros mismos seamos los perjudicados.
Y ahora alguna persona que esté leyendo esto se puede preguntar: ''pero Marta, la excusa del bajo poder adquisitivo hoy en día ya no sirve, tenemos bibliotecas públicas, día del espectador en el cine, ofertas y buenos precios en teatros populares, etc.''. Efectivamente. La renta pasa a segundo plano cuando hay ofertas a buen precio que alcancen a todos los sectores de la población. Pero sin hábito, no hay buen precio que valga. Da igual que el cine cueste 10 euros que 2, que si tus padres no tenían por costumbre llevarte al cine y te rodeas de amistades que no tienen por costumbre ir al cine hay altas probabilidades de que tú tampoco vayas al cine. Cuesta bastante desarrollar nuevos hábitos y en ello influye mucho el entorno social, tanto pasado como actual.
Qué quiero decir con todo esto. Sencillo. No se trata ni de demonizar ni de hacer pasar por santos a los canis o chonis. Se trata de analizar por qué son como son. Por qué no consumen cultura. Por qué delinquen. Por qué su vida se articula de un modo tan aparentemente distinto al nuestro cuando, en el fondo, es muy probable que er Yoni, servidora y tú, persona que lees, pertenezcamos todos a la clase obrera. La misma clase obrera que los poderes fácticos quieren debilitar con el archiconocido ''divide y vencerás''. Ahí queda dicho.
No solo se trata de personas a las que no han podido inculcar unos valores y unas actitudas hacia la cultura, sino que hay que tener en cuenta que estas personas suelen ser de clase obrera y provienen de entornos que o bien pueden estar en riesgo de exclusión social o bien por su misma condición de obreros tengan dificultades económicas, cosa que está sucediendo hoy incluso con proletarios de nivel socioeconómico y adquisitivo mayor. Son personas que generalmente por las circunstancias se ven obligadas a sumergirse en el mundo laboral de forma, quizás, precoz y en muchos casos incluso precaria (dado la escasa formación a la que pueden acceder y las pocas opciones que el mercado laboral puede ofrecerles). Juegan factores tanto estigmatizantes del entorno como individuales como la profecía autocumplida que transforma a estas personas en algo que demonizar.
ResponderEliminarEfectivamente. Pero con la entrada quería referirme más a la falta de adquisición del hábito como origen de su indiferencia y en ocasiones hasta desprecio por la cultura, un origen enclavado en la infancia que lógicamente proviene de y se ve perpetuado por unas condiciones socioeconómicas precarias. La infancia se ve influida por unos padres que seguramente se vieron empujados a trabajar desde muy jóvenes (con poco o ningún acceso a formación académica) en condiciones precarias y con sueldos de miseria; lo cual sólo agrava el problema y acaba forzando en muchas ocasiones que los hijos sigan el mismo camino que sus padres.
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