Todos y todas, en algún momento de nuestras vidas, perderemos a un ser querido. Ya sea por una enfermedad, por un accidente o por maldad ajena perderemos a personas que queremos.
Hablo en primera persona en esta entrada porque he sufrido ya más de una vez la muerte de un ser querido, además a edades tempranas. El sentimiento lógicamente no es el mismo que el que pueda tener una persona adulta plenamente consciente de las consecuencias de esa muerte, pero se le parece. Desesperanza. Miedo. Tristeza. Negación. Sentimientos que echan raíces en ti a medida que creces y vas descubriendo las causas, consecuencias, la trascendencia de ese suceso.
Es absurdo, bajo mi punto de vista, pretender que esas heridas sanan. No lo van a hacer. Cicatrizan, pero no sanan completamente. El peso y el dolor te acompañarán toda la vida y se trata de redistribuir la carga, no de soñar con el día en que esa carga desaparezca (ese día será el de tu propia muerte y la carga y su simbología simplemente pasan de una persona a otra). Se trata de aprender a vivir con ello, en suma, y el materialismo dialéctico puede ayudar a ello.
Cuando empecé a leer sobre marxismo no sólo adquirí una conciencia política, una conciencia de clase. También adquirí una filosofía, una forma de ver la vida que aún estoy puliendo y perfeccionando. El marxismo es una cosmovisión, una manera de ver el mundo y no solo una forma de estudio de lo económico, lo político o lo social. Con el marxismo y el materialismo dialéctico puedes analizar y solucionar cualquier problema que se te ponga por delante, incluida la muerte.
Politzer explica la tercera ley de la dialéctica (la de la contradicción) poniendo de ejemplo la vida y la muerte en sus ''Principios elementales y fundamentales de filosofía''. Afirma que la vida y la muerte no son dos cosas completamente distintas y perfectamente diferenciadas, como nuestro intrínseco pensamiento metafísico nos empuja a pensar. No son cosas que podamos estudiar y entender de manera unilateral, como ''la vida es la vida y la muerte es la muerte''. Politzer reconoce que la muerte contiene la vida y que la vida contiene la muerte: las células de nuestro cuerpo mueren para dejar sitio a otras nuevas células que mantengan nuestros cuerpos con vida, y cuando esa contradicción, esa lucha entre las células que mueren y las células que nacen se decanta por el lado de la muerte nuestra materia orgánica se descompone en sus unidades fundamentales, reintegrándose en el ecosistema y pasando a formar parte de nuevos organismos vivos: una planta, un ciervo, un ser humano.
[...] Así, las cosas no sólo se transforman unas en otras sino también una cosa no es solo ella misma, sino otra que es su contrario, porque cada cosa contiene su contrario.
Si se representa una cosa mediante un círculo, tendremos una fuerza que impulsará esta cosa hacia fuerzas de vida empujando desde el centro hacia el exterior, por ejemplo (extensión), pero tendremos también fuerzas que la impulsarán en dirección contraria, hacia fuerzas de muerte, empujando desde el exterior hacia el centro (compresión).
De este modo, en el interior de cada cosa, coexisten fuerzas opuestas, antagonismos.
¿Qué ocurre entre estas fuerzas? Luchan. Por consiguiente, una cosa no sólo es cambiada por una fuerza que actúa de un solo lado, sino que toda cosa es transformada realmente por dos fuerzas de direcciones opuestas. Hacia la afirmación y hacia la negación de las cosas, hacia la vida y hacia la muerte. ¿Qué quiere decir la afirmación y la negación de las cosas?
Hay en la vida fuerzas que mantienen la vida, que tienden hacia la afirmación de las fuerzas de la vida. Además hay también, en los organismos vivos, fuerzas que tienden a la negación. En todas las cosas hay fuerzas que tienden hacia la afirmación y otras que tienden hacia la negación, y entre la afirmación y la negación está la contradicción.
Por lo tanto, la dialéctica comprueba el cambio, pero ¿por qué cambian las cosas? Porque no están de acuerdo con ellas mismas, porque hay luchas entre las fuerzas, entre los antagonismos, porque hay contradicción. He aquí la tercera ley de la dialéctica: las cosas cambian porque contienen la contradicción. [...]
Por tanto para que existan nuevas sociedades, nuevas personas, tienen que morir las antiguas sociedades, las antiguas personas. Para que el socialismo exista el capitalismo tiene que morir, del mismo modo que murió la sociedad feudal para alumbrar la sociedad capitalista y del mismo modo que murió la sociedad esclavista para alumbrar la sociedad feudal.
Si nosotros mismos y nuestros seres queridos no muriésemos estaríamos en un estado perpetuo de cosas, donde nada cambiaría, todo permanecería constante e invariable sin posibilidades de mejora ni de avance histórico, un estado de cosas metafísico. El mundo, la realidad material, son tremendamente dialécticos, sufren cambios sin cesar, nunca permanecen iguales. En el tiempo que me ha llevado escribir esto ha muerto y ha nacido gente, y seguirá muriendo y naciendo gente mientras este texto se lee.
La filosofía marxista (el materialismo dialéctico) me ha enseñado que debo seguir hacia delante, que tengo derecho al luto y a llevar mi cicatriz, que tengo derecho al recuerdo y a sobrellevar el dolor como pueda pero que no debo quedarme anclada en ello. Esas muertes permiten que haya nuevas vidas, nuevas oportunidades de superar las contradicciones y nuevas contradicciones que afrontar y resolver. Ver el mundo así no nos devuelve a los y las que ya no están, a los y las que velamos en los cementerios cada 1 de noviembre o cada día de Nochebuena en nuestras mesas, pero sí nos ayuda a entender que el mundo y las cosas no son ni mucho menos eternas, que TIENEN que cambiar, nos pese lo que nos pese. Estoy en proceso de redistribuir la carga y, si compartís circunstancias, os animo a que hagáis lo mismo.