lunes, 23 de enero de 2017

La muerte y la dialéctica

Todos y todas, en algún momento de nuestras vidas, perderemos a un ser querido. Ya sea por una enfermedad, por un accidente o por maldad ajena perderemos a personas que queremos.

Hablo en primera persona en esta entrada porque he sufrido ya más de una vez la muerte de un ser querido, además a edades tempranas. El sentimiento lógicamente no es el mismo que el que pueda tener una persona adulta plenamente consciente de las consecuencias de esa muerte, pero se le parece. Desesperanza. Miedo. Tristeza. Negación. Sentimientos que echan raíces en ti a medida que creces y vas descubriendo las causas, consecuencias, la trascendencia de ese suceso.

Es absurdo, bajo mi punto de vista, pretender que esas heridas sanan. No lo van a hacer. Cicatrizan, pero no sanan completamente. El peso y el dolor te acompañarán toda la vida y se trata de redistribuir la carga, no de soñar con el día en que esa carga desaparezca (ese día será el de tu propia muerte y la carga y su simbología simplemente pasan de una persona a otra). Se trata de aprender a vivir con ello, en suma, y el materialismo dialéctico puede ayudar a ello.

Cuando empecé a leer sobre marxismo no sólo adquirí una conciencia política, una conciencia de clase. También adquirí una filosofía, una forma de ver la vida que aún estoy puliendo y perfeccionando. El marxismo es una cosmovisión, una manera de ver el mundo y no solo una forma de estudio de lo económico, lo político o lo social. Con el marxismo y el materialismo dialéctico puedes analizar y solucionar cualquier problema que se te ponga por delante, incluida la muerte.

Politzer explica la tercera ley de la dialéctica (la de la contradicción) poniendo de ejemplo la vida y la muerte en sus ''Principios elementales y fundamentales de filosofía''. Afirma que la vida y la muerte no son dos cosas completamente distintas y perfectamente diferenciadas, como nuestro intrínseco pensamiento metafísico nos empuja a pensar. No son cosas que podamos estudiar y entender de manera unilateral, como ''la vida es la vida y la muerte es la muerte''. Politzer reconoce que la muerte contiene la vida y que la vida contiene la muerte: las células de nuestro cuerpo mueren para dejar sitio a otras nuevas células que mantengan nuestros cuerpos con vida, y cuando esa contradicción, esa lucha entre las células que mueren y las células que nacen se decanta por el lado de la muerte nuestra materia orgánica se descompone en sus unidades fundamentales, reintegrándose en el ecosistema y pasando a formar parte de nuevos organismos vivos: una planta, un ciervo, un ser humano.

[...] Así, las cosas no sólo se transforman unas en otras sino también una cosa no es solo ella misma, sino otra que es su contrario, porque cada cosa contiene su contrario

Si se representa una cosa mediante un círculo, tendremos una fuerza que impulsará esta cosa hacia fuerzas de vida empujando desde el centro hacia el exterior, por ejemplo (extensión), pero tendremos también fuerzas que la impulsarán en dirección contraria, hacia fuerzas de muerte, empujando desde el exterior hacia el centro (compresión). 
De este modo, en el interior de cada cosa, coexisten fuerzas opuestas, antagonismos.

¿Qué ocurre entre estas fuerzas? Luchan. Por consiguiente, una cosa no sólo es cambiada por una fuerza que actúa de un solo lado, sino que toda cosa es transformada realmente por dos fuerzas de direcciones opuestas. Hacia la afirmación y hacia la negación de las cosas, hacia la vida y hacia la muerte. ¿Qué quiere decir la afirmación y la negación de las cosas?

Hay en la vida fuerzas que mantienen la vida, que tienden hacia la afirmación de las fuerzas de la vida. Además hay también, en los organismos vivos, fuerzas que tienden a la negación. En todas las cosas hay fuerzas que tienden hacia la afirmación y otras que tienden hacia la negación, y entre la afirmación y la negación está la contradicción

Por lo tanto, la dialéctica comprueba el cambio, pero ¿por qué cambian las cosas? Porque no están de acuerdo con ellas mismas, porque hay luchas entre las fuerzas, entre los antagonismos, porque hay contradicción. He aquí la tercera ley de la dialéctica: las cosas cambian porque contienen la contradicción. [...]

Por tanto para que existan nuevas sociedades, nuevas personas, tienen que morir las antiguas sociedades, las antiguas personas. Para que el socialismo exista el capitalismo tiene que morir, del mismo modo que murió la sociedad feudal para alumbrar la sociedad capitalista y del mismo modo que murió la sociedad esclavista para alumbrar la sociedad feudal.

Si nosotros mismos y nuestros seres queridos no muriésemos estaríamos en un estado perpetuo de cosas, donde nada cambiaría, todo permanecería constante e invariable sin posibilidades de mejora ni de avance histórico, un estado de cosas metafísico. El mundo, la realidad material, son tremendamente dialécticos, sufren cambios sin cesar, nunca permanecen iguales. En el tiempo que me ha llevado escribir esto ha muerto y ha nacido gente, y seguirá muriendo y naciendo gente mientras este texto se lee.

La filosofía marxista (el materialismo dialéctico) me ha enseñado que debo seguir hacia delante, que tengo derecho al luto y a llevar mi cicatriz, que tengo derecho al recuerdo y a sobrellevar el dolor como pueda pero que no debo quedarme anclada en ello. Esas muertes permiten que haya nuevas vidas, nuevas oportunidades de superar las contradicciones y nuevas contradicciones que afrontar y resolver. Ver el mundo así no nos devuelve a los y las que ya no están, a los y las que velamos en los cementerios cada 1 de noviembre o cada día de Nochebuena en nuestras mesas, pero sí nos ayuda a entender que el mundo y las cosas no son ni mucho menos eternas, que TIENEN que cambiar, nos pese lo que nos pese. Estoy en proceso de redistribuir la carga y, si compartís circunstancias, os animo a que hagáis lo mismo.




viernes, 4 de noviembre de 2016

Clasismo y eugenesia. En 2016.

Hará uno o dos días me tropecé en Twitter con un tuit que decía algo así como ''echar la culpa de la incultura al dinero y al entorno social. En 2016.''. El tuit formaba parte de un hilo en el que se hablaba de canis y chonis y de la aparente opresión que estos grupos sociales sufrían.

Era difícil no torcer el gesto ante el pestilente clasismo que destilaban tanto su autora como una seguidora suya, que afirmaba sin ningún tipo de pudor que ''Les quitaría el derecho al voto, los esterilizaría y les dejaría sin carnet. ¿Tú has visto A 3 METROS SOBRE EL CIELO?''. Ni el mismísimo Hitler y su programa de eugenesia, oiga. 

Pero esto me llevó a la cuestión con la que inauguro este blog. ¿Influye en algo el entorno social y la renta a la hora de acceder a la cultura? La respuesta es concisa: sí, mucho

La cultura es algo que se nos inculca cuando somos pequeños, es algo con lo que nos familiarizamos. Desde pequeños vemos películas y series de TV, leemos libros, escuchamos música, acudimos a museos y obras de teatro. Para apreciar la cultura y para interesarse por ella, por tanto, es necesario que contactemos con ella; cuanto más pronto, mejor. No será ninguna rareza el que a vosotros, como asiduos devoradores de libros, os hayan criado en hogares llenos de libros o en hogares donde se visitan las bibliotecas públicas día sí y día también. No será ninguna rareza que vosotros, como fervientes consumidores de películas, acumuléis, quizá en el trastero, quizá en una bonita estantería, ingentes cantidades de cintas de vídeo o DVDs o recordéis con añoranza las tardes de viernes yendo al videoclub; especialmente si os habéis criado en los 90, cuando la descarga de contenidos de Internet no era la tónica general. Habéis crecido comiendo, respirando y bebiendo cultura; habéis interiorizado la cultura como algo habitual en vuestra vida, habéis desarrollado un gusto a la cultura que se materializa en el consumo de diversos soportes.

Esto ocurre fundamentalmente en hogares mal llamados de clase media, con el poder adquisitivo suficiente como para permitirse cierto gasto en cultura. Pero ¿qué ocurre en los hogares más desfavorecidos? La respuesta es sencilla: esta interiorización no se produce. En los hogares más desfavorecidos de la clase obrera el limitado poder adquisitivo impidió que los que ahora con tanto desprecio alguna gente llama canis o chonis (porque la palabra se usa con desprecio independientemente de que haya habido una apropiación de la etiqueta en un sentido positivo por parte de ellos mismos) desarrollasen ese gusto por la cultura. De este modo la cultura nunca formó parte de su aprendizaje, nunca se les inculcó el gusto por la lectura, por ver películas, por acudir a museos o por ver una obra de teatro. En sus casas nunca hubo libros, ni películas, ni discos, ni padres y madres que les llevasen al cine, al videoclub, a la librería. Es gente que no ha crecido contactando con la cultura, que no ha interiorizado la cultura como piedra angular en sus vidas. Este tipo de personas son incultas (bajo nuestros estándares, por supuesto, nosotros mismos podemos ser tachados de ''incultos'' por otra gente más culta que nosotros) no por gusto, sino porque nunca tuvieron la oportunidad de acceder a la cultura en condiciones. Nunca tuvieron la oportunidad de comer, beber y respirar cultura como otros sí la tuvimos para decantarse por el consumo de una u otra cosa, y si no tienes oportunidad de disfrutar algo, ¿cómo quieres que ese algo pase a formar parte de tu vida?

Pero si bajamos un escalón más y nos atenemos a lo que popularmente asociamos con cani o choni siempre tendremos en mente el mismo esquema: gente vaga, que consume drogas, que comete delitos. Gente con la que, en principio, no queremos tener nada que ver, porque en realidad nosotros no somos así. Este germen, alimentado por los poderes fácticos, divide a la clase obrera. Tú eres de clase media, no te preocupes, trabaja duro y llegarás lejos, no como ellos, tú no eres como ellos, tenles asco, tenles miedo, tenles desdén. Tú no eres como ellos, tú vales más. Quizás este prejuicio, que puede dar para otra entrada de blog e incluso para un libro (preguntadle a Owen Jones) fue lo que llevó a estas dos usuarias de Twitter a emitir semejantes epítetos. Ese devastador clasismo que arrasa con nuestra conciencia de clase, que nos hace deshumanizar al vecino, que nos hace creernos superiores a él, que nos hace no querer tener nada que ver con él, aunque en el fondo nosotros mismos seamos los perjudicados. 

Y ahora alguna persona que esté leyendo esto se puede preguntar: ''pero Marta, la excusa del bajo poder adquisitivo hoy en día ya no sirve, tenemos bibliotecas públicas, día del espectador en el cine, ofertas y buenos precios en teatros populares, etc.''. Efectivamente. La renta pasa a segundo plano cuando hay ofertas a buen precio que alcancen a todos los sectores de la población. Pero sin hábito, no hay buen precio que valga. Da igual que el cine cueste 10 euros que 2, que si tus padres no tenían por costumbre llevarte al cine y te rodeas de amistades que no tienen por costumbre ir al cine hay altas probabilidades de que tú tampoco vayas al cine. Cuesta bastante desarrollar nuevos hábitos y en ello influye mucho el entorno social, tanto pasado como actual. 

Qué quiero decir con todo esto. Sencillo. No se trata ni de demonizar ni de hacer pasar por santos a los canis o chonis. Se trata de analizar por qué son como son. Por qué no consumen cultura. Por qué delinquen. Por qué su vida se articula de un modo tan aparentemente distinto al nuestro cuando, en el fondo, es muy probable que er Yoni, servidora y tú, persona que lees, pertenezcamos todos a la clase obrera. La misma clase obrera que los poderes fácticos quieren debilitar con el archiconocido ''divide y vencerás''. Ahí queda dicho.